dijous, 31 de març del 2016
Estimados amigos
Por cuestiones de practicidad, voy a trasladar el blog de "Amor, sexo y otros laberintos" a una plataforma de Facebook. Se denomina igual: "Amor, sexo y otros laberintos". Se trata de una página. Si por alguna razón no pudiérais acceder a ella poniendo el título en el buscador, podréis dirigiros a ella a través de mis dos perfiles de Facebook. Uno es: "Eduard Company Fonts" y el otro, "Eduard Company".
Disculpad el cambio. ¡Os espero en Facebook...!
dimecres, 30 de març del 2016
Lo sé con certeza: el alma existe
A veces nos hacen daño y lo sabemos. No nos aman, o han dejado de amarnos, y lo
sabemos. Les somos indiferentes y nos dañan con desprecio y reproches, sin
caricias o con caricias negativas, y lo sabemos. Pero en realidad no lo vemos o
no queremos ver. Invidencia total. ¿Cómo podemos ser tan ciegos cuando nos
ocurre? Llevamos adosados en los ojos unos prismáticos, que alguien perverso
regula de forma aleatoria y nos determina la longitud de la visión de nuestro
objeto amado, ahora muy cerca ahora remoto, ahora inapreciable ahora borroso,
ahora oscuro ahora resplandeciente, y así en un proceso constante que termina
por marear hasta la náusea gástrica. Este vértigo nos sitúa dentro de un
carrusel errático del que no podemos escapar, o sólo cuando el objeto amado
deja, en el futuro, de ser precisamente eso, amado, y la posterior indiferencia
reconduce cada elemento a su justa posición, a su precisa medida, a su concreta
delimitación. Mientras tanto, mientras esto no sucede, sólo sentimos escozor,
cólera, rencor, odio. Y por encima de todo, un dolor sordo y candente que nos
nace del fondo abisal de nosotros mismos, un fondo tan íntimo, tan céntrico,
tan nuclear, que nos hace percibir la penosa realidad que ningún estudioso
teólogo o místico zen no llega ni a vislumbrar: que el alma existe. Y no es una
víscera ni una glándula, porque ni vísceras ni glándulas no duelen. El alma
existe y es un estropajo disperso y enrevesado que llevamos embutido dentro de
la piel y que está confeccionado de una materia mucho más sutil de la que está
hecha el sistema nervioso, porque los nervios sólo canalizan el dolor y nos
llevan a gritar y a llorar, pero el alma es el dolor en sí mismo, la esencia
del alarido y la lágrima. Es en el abismo del dolor donde sabemos, en
definitiva, que estamos vivos. Y maldita sea la gracia divina o satánica que
nos hace estarlo, porque es entonces cuando quisiéramos justamente,
paradójicamente, no existir, ser nada, la nada.
dilluns, 28 de març del 2016
Amor, dar
Largo y estéril camino de desierto, eso es lo que me ha esperado en cada rotura
de relación. Un páramo emocional, la desesperanza. Si soy honesto, honesto
conmigo mismo, honesto conmigo mismo hasta el dolor, puedo llegar a entrever lo
que más daño me ha hecho. Es, simplemente, perderme lo que satisface del amor:
dar. Tendemos a confundir, quizá justamente, quien sabe, amar con recibir, con
ser amados. Claro, que ser amados es importante. Pero el verdadero diamante que
se esconde detrás de un acto de estima está hecho de ofrendas. Donde el amor se
manifiesta en toda su brillante amplitud y riqueza es en el acto sencillo,
puro, básico, de dar, de darse. Esto se pierde con cada muerte de pareja, y
cuesta recuperarlo con otra persona. Hace falta tiempo para volver a sentir esa
necesidad íntima de entregarse a alguien, de compartir con desinterés la
cotidianidad franca, de apoyo, de estar y hacer. Hace falta tiempo porque todo
amor tiene sujeto, que somos nosotros, pero el objeto, el ser sobre el cual
depositamos la estima, debe venir, venir como una entidad escogida y señalada,
dotada de una áurea de inevitabilidad, una pátina de predestinación, una niebla
matinal de esperanza, tal vez un hálito divino, no lo sé. Sí sé que no siempre
viene, o que al menos tarda. Eso es todo, tan sencillo: ¿a quién daré? Y sobre
todo, cuando del allá.
dilluns, 21 de març del 2016
Más putas que las gallinas
--No, justo al revés --aseguraba yo--, han sido ellas quienes me han buscado más veces de las que yo he podido atender.
--Y como lo haces, tío?
Pues, fácil, siendo generoso en el intercambio sexual. Soy de la opinión de
que el lugar común que señala que los hombres tienen más necesidades sexuales
que las mujeres es rotundamente falso. Salvo casos de excepción de desafuero
sexual, al estilo de los pocos Rocco Siffredi que corren por el mundo y que
dios les conserve por muchos años la inmensurable capacidad y dotación, un
hombre ordinario está limitado amatoriamente de forma lamentable por el maldito
periodo refractario, y la propia y también maldita restricción genital, que es --ay--
finita. Verbigracia: zonas erógenas de ellos, pocas; de ellas, todo el cuerpo.
Capacidad orgásmica de ellos, uno y breve, y patético (lo bueno, si breve, dos
veces bueno de Gracián, aquí no sirve); de ellas, multiorgásmicas y también
pluriorgásmicas, por aquello del debatible tándem clítoris-vagina. Ellos no
tienen ningún órgano dedicado exclusivamente a proporcionar disfrute; ellas, el
prodigioso clítoris. Y no hacemos mención ya, por obvia, a la capacidad
femenina de llevar al extremo la sexualidad, de trascenderla con la facultad de
fecundación, gestación y crianza de la descendencia. En fin, no hay que ser
ningún superdotado para concluir que las mujeres son sexo en sí mismas. Ellas
son sexo y nosotros pasábamos por allí como por un casual, nos encontraron más
o menos por la calle de las quimbambas y nos acogieron con la dulce clemencia
de la entrega. Más de una abuela de esas que han vivido y aprovechado y
saboreado bien la vida estará de acuerdo conmigo si digo con gentileza y
crudeza a la vez que las mujeres son más putas que las gallinas. En una de sus
novelas, García Márquez hacía afirmar a un personaje femenino que amaría
siempre su amante porque la había convertido en una puta. Quería significar en
un lenguaje sin ambigüedades que le había hecho descubrir el universo vasto,
colosal, oceánico de los sentidos. Las mujeres son sexo, simplemente necesitan
un buen amante les desvele, cultive y exponencíe la propia feminidad. No es un
trabajo de cuatro días, pero da igual. Cuando Shere Hite aseveraba, y ella de
eso del sexo sabía un montón, que no había mujeres anorgásmicas sino hombres
inexpertos, sabía por qué lo decía. Si admitimos con sencillez las premisas
anteriores, convendremos que si un hombre está atento a la necesidad y
sensibilidad de una mujer, y la ayuda a descubrir este mundo biológico y
anhelado de los sentidos y la sensibilidad, el resto es como bajar por un torrente
de dimensiones niagaráceas a través de un hermoso valle: ni Nuestro Señor no
las detiene de follar con gusto y ganas, y además por los descosidos. Pero para
llevar a cabo esto debe haber generosidad por parte del macho, por eso se lo
sugería a mis amigos quejosos y inhábiles. Generosidad y también, por qué no
decirlo, paciencia, dedicación y sensibilidad, y algún que otro conocimiento
rudimentario de anatomía genital femenina –tampoco hay que ser un eminente ginecólogo--.
Sin embargo, después, los sustanciosos frutos de la recompensa para el macho
son los que se imprimen en los incunables de museo: el reclamo ansioso de ellas
de su dosis cotidiana de sensaciones y placer. Delenda, entonces, a las
súplicas masculinas. Basta al dolor de cabeza, la migraña, el derrame cerebral
y, si es necesario, a la Santísima Trinidad, de ellas. No sé si me explico. Sí, ¿no?
¿Y ustedes, qué piensan, señoras?
dissabte, 19 de març del 2016
Caricias sin tacto
La caricia es una sensación de brisa en un atardecer de verano, de pisar una
alfombra de hierba con pies descalzos, de levantar el cuello y cerrar los ojos
bajo el chorro de una ducha vaporosa. Es una sensación de bienestar, de
calidez, de estima. Se percibe en la piel, a la que estremece o relaja, o ambas
cosas juntas o alternadas. Cuando pensamos en caricias pensamos en manos y
epitelio, en un gesto táctil, en un contacto tierno, en el trasvase de calor de
un cuerpo a otro. Siempre vemos el color de la carne, con todos sus matices de
luz: nítida en un paseo por la calle, nebulosa en una mesa arrinconada de
cafetería, dorada en la hipnótica beatitud de la playa, titilante frente a una
chimenea invernal, visiblemente oscura dentro de la intimidad de las sábanas.
Damos gracias al demiurgo por la materia y la posibilidad del roce, del tacto,
de la unión. Damos gracias a la madre naturaleza por la tibieza placentera de
los organismos en comunión. Damos gracias, en fin, a quien corresponda, por la
sacra compañía de otra persona, este linimento para el alma que apacigua miedos
y acicala vistosamente la soledad. Las caricias, sin embargo, no son sólo roce
cutáneo, las yemas de los dedos que pasean con negligencia por una espalda
sinusoidal. Son mucho más, tanto en calidad como en formas. Son la demostración
de la atención y la consideración, de hacer saber a la persona amada que el
afecto profesado es auténtico, que se la tiene presente mentalmente en la vida
cotidiana, en la presencia y en la distancia. Y en referencia a las formas, hay
las caricias orales, desde las más sencillas, un simple hola, hasta el glorioso
cáliz del verbo: te amo. Hay las gestuales, que son infinitas, porque conllevan
toda la inmensa comunicación no sostenida con palabras: una actitud, un signo,
una sonrisa, una cortesía, un detalle, una mirada que transmite de corazón al
otro que éste es el centro absoluto, un centro tan puro que por no tener no
tiene ni periferia. Y finalmente hay las caricias escritas, antes los poemas,
las cartas, las notas imprevistas, y ahora los e-mails, los chats, los likes,
los emoticonos. También los posts, por la parte que me toca. Como este mismo,
sentido, directo, el miramiento agradecido hacia ustedes, estimados lectores.
¿Quién quiere un beso para cenar?
Tengo un amigo, separado como yo, que en una de esas conversaciones sobre el
estado actual de soltería, me dijo que lo único que echaba de menos eran los
besos. ¿A ti no te gustan los besos?, me preguntó. Le dije que claro que me
gustaban pero que hasta ahora no me había planteado que los besos se pudieran extrañar
tanto como la compañía nocturna en la cama, las caricias o el sexo. En
realidad, el sexo lo que menos, porque no deja de ser lo más fácil de
conseguir. Esa misma noche, algo más tarde, en el bar, nos reunimos casualmente
un grupo de conocidos, cuando de repente sonó la canción “Besos”, de El Canto
del Loco, que fue coreada con una voz enfática, casi suplicante, por una de las
mujeres presentes, también sin novio: "Y eso es lo que quiero, besos. / que
todas las mañanas me despierten de esos, / que sea por la tarde y siga habiendo
besos. / Y luego por la noche hoy me den más besos pa cenar ". Mi amigo me
guiñó un ojo y puso aquella expresión facial indicadora de inevitabilidad,
reforzada por un leve encogimiento de hombros: ¿lo ves como todos queremos lo
mismo? De acuerdo, lo concedo, los besos. Pero sobre éstos hay que decir que
los años acarrean un punto de inflexión. Así como de jóvenes, arrebatados por
la furia ebullescente de la sangre, nos moríamos por besar, cuando llegamos a
una cierta edad, pongamos que pasada esa fatídica de los 40, deseamos más que
nos los den que no darlos. Ignoro si esto tiene que ver con la vicisitud de la
soledad y la necesidad de que alguien, a través de los besos, nos haga creer en
el espejismo de ser amados. Porque se trata específicamente de esto: que nos
amen. Ser queridos, por lo que representa de pasividad, de docilidad, supone
menos esfuerzo que amar, acto para el cual hay que tomar parte actora,
implicación, y es evidente que con el paso de los años nos volvemos más cómodos,
más apáticos. Que hagan ellas (o ellos). Quizá también los hombres nos
feminizamos con el tiempo y buscamos más lo que decían ellas de adolescentes,
que era encontrar un hombre moreno, alto, guapo, inteligente, sensible y que me
quiera. Nunca había entendido que en el activo de un hombre ideal se pudiera
incluir el y que me quiera. En todo caso, resultaba un poco al revés, que
apareciera una chica que nos arrebatara el corazón, que nos subyugara, que nos
llamara a adorarla. Lo cierto es que cuando mi amigo echaba de menos los besos,
en realidad estaba solicitando afecto. Afecto y bienestar. Cuando se reciben
besos serenos y cálidos sin que ello comporte la activación del deseo, la
erección instantánea, sólida y urgente, lo que de verdad se anhela es una
delicia sensorial, una felicidad epidérmica, una incursión en el universo escalofriante
de la piel de gallina y el cosquilleo en el estómago. Y también el contraste
entre el acolchado de los labios y la dureza de la dentadura, el rocío vaporoso
del aliento, una ingravidez paradisíaca donde transitar a saltitos en cámara
lenta mientras allí, lejos, coros de serafines sonsacan música de sus liras
celestiales. En noches de soledad, confeccioné una ilusión del deseo de
compañía femenina, que consistía en tener una chica que se enlazara a mi
espalda, en posición fetal, mientras yo le pedía en de la oscuridad mansa de la
habitación que me diera besitos en la nuca, y le preguntaba si al día siguiente
me despertaría con una mamada, y ella me decía, claro, amor, y así, confortado,
me entregaba al sueño con infantil beatitud. Los besos proporcionan sosiego,
satisfacción, gozo, una lejana idea de amor y de estima. Entiendo que mi amigo los
eche de menos y que también los ansíe la chica del bar y que El Canto del Loco
reclame magníficos besos pa cenar. Y para dormir, también, qué demonios.
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