A veces nos hacen daño y lo sabemos. No nos aman, o han dejado de amarnos, y lo
sabemos. Les somos indiferentes y nos dañan con desprecio y reproches, sin
caricias o con caricias negativas, y lo sabemos. Pero en realidad no lo vemos o
no queremos ver. Invidencia total. ¿Cómo podemos ser tan ciegos cuando nos
ocurre? Llevamos adosados en los ojos unos prismáticos, que alguien perverso
regula de forma aleatoria y nos determina la longitud de la visión de nuestro
objeto amado, ahora muy cerca ahora remoto, ahora inapreciable ahora borroso,
ahora oscuro ahora resplandeciente, y así en un proceso constante que termina
por marear hasta la náusea gástrica. Este vértigo nos sitúa dentro de un
carrusel errático del que no podemos escapar, o sólo cuando el objeto amado
deja, en el futuro, de ser precisamente eso, amado, y la posterior indiferencia
reconduce cada elemento a su justa posición, a su precisa medida, a su concreta
delimitación. Mientras tanto, mientras esto no sucede, sólo sentimos escozor,
cólera, rencor, odio. Y por encima de todo, un dolor sordo y candente que nos
nace del fondo abisal de nosotros mismos, un fondo tan íntimo, tan céntrico,
tan nuclear, que nos hace percibir la penosa realidad que ningún estudioso
teólogo o místico zen no llega ni a vislumbrar: que el alma existe. Y no es una
víscera ni una glándula, porque ni vísceras ni glándulas no duelen. El alma
existe y es un estropajo disperso y enrevesado que llevamos embutido dentro de
la piel y que está confeccionado de una materia mucho más sutil de la que está
hecha el sistema nervioso, porque los nervios sólo canalizan el dolor y nos
llevan a gritar y a llorar, pero el alma es el dolor en sí mismo, la esencia
del alarido y la lágrima. Es en el abismo del dolor donde sabemos, en
definitiva, que estamos vivos. Y maldita sea la gracia divina o satánica que
nos hace estarlo, porque es entonces cuando quisiéramos justamente,
paradójicamente, no existir, ser nada, la nada.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada