Largo y estéril camino de desierto, eso es lo que me ha esperado en cada rotura
de relación. Un páramo emocional, la desesperanza. Si soy honesto, honesto
conmigo mismo, honesto conmigo mismo hasta el dolor, puedo llegar a entrever lo
que más daño me ha hecho. Es, simplemente, perderme lo que satisface del amor:
dar. Tendemos a confundir, quizá justamente, quien sabe, amar con recibir, con
ser amados. Claro, que ser amados es importante. Pero el verdadero diamante que
se esconde detrás de un acto de estima está hecho de ofrendas. Donde el amor se
manifiesta en toda su brillante amplitud y riqueza es en el acto sencillo,
puro, básico, de dar, de darse. Esto se pierde con cada muerte de pareja, y
cuesta recuperarlo con otra persona. Hace falta tiempo para volver a sentir esa
necesidad íntima de entregarse a alguien, de compartir con desinterés la
cotidianidad franca, de apoyo, de estar y hacer. Hace falta tiempo porque todo
amor tiene sujeto, que somos nosotros, pero el objeto, el ser sobre el cual
depositamos la estima, debe venir, venir como una entidad escogida y señalada,
dotada de una áurea de inevitabilidad, una pátina de predestinación, una niebla
matinal de esperanza, tal vez un hálito divino, no lo sé. Sí sé que no siempre
viene, o que al menos tarda. Eso es todo, tan sencillo: ¿a quién daré? Y sobre
todo, cuando del allá.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada