dilluns, 21 de març del 2016

Más putas que las gallinas




A lo largo de la vida he oído muchas veces quejas de amigos que tenían dificultades para mantener relaciones sexuales con sus parejas, porque a ellas siempre les sobrevenía un repentino dolor de cabeza al mínimo esnifamiento de testosterona de macho que las reclamase.

--No, justo al revés --aseguraba yo--, han sido ellas quienes me han buscado más veces de las que yo he podido atender. 



--Y como lo haces, tío?

Pues, fácil, siendo generoso en el intercambio sexual. Soy de la opinión de que el lugar común que señala que los hombres tienen más necesidades sexuales que las mujeres es rotundamente falso. Salvo casos de excepción de desafuero sexual, al estilo de los pocos Rocco Siffredi que corren por el mundo y que dios les conserve por muchos años la inmensurable capacidad y dotación, un hombre ordinario está limitado amatoriamente de forma lamentable por el maldito periodo refractario, y la propia y también maldita restricción genital, que es --ay-- finita. Verbigracia: zonas erógenas de ellos, pocas; de ellas, todo el cuerpo. Capacidad orgásmica de ellos, uno y breve, y patético (lo bueno, si breve, dos veces bueno de Gracián, aquí no sirve); de ellas, multiorgásmicas y también pluriorgásmicas, por aquello del debatible tándem clítoris-vagina. Ellos no tienen ningún órgano dedicado exclusivamente a proporcionar disfrute; ellas, el prodigioso clítoris. Y no hacemos mención ya, por obvia, a la capacidad femenina de llevar al extremo la sexualidad, de trascenderla con la facultad de fecundación, gestación y crianza de la descendencia. En fin, no hay que ser ningún superdotado para concluir que las mujeres son sexo en sí mismas. Ellas son sexo y nosotros pasábamos por allí como por un casual, nos encontraron más o menos por la calle de las quimbambas y nos acogieron con la dulce clemencia de la entrega. Más de una abuela de esas que han vivido y aprovechado y saboreado bien la vida estará de acuerdo conmigo si digo con gentileza y crudeza a la vez que las mujeres son más putas que las gallinas. En una de sus novelas, García Márquez hacía afirmar a un personaje femenino que amaría siempre su amante porque la había convertido en una puta. Quería significar en un lenguaje sin ambigüedades que le había hecho descubrir el universo vasto, colosal, oceánico de los sentidos. Las mujeres son sexo, simplemente necesitan un buen amante les desvele, cultive y exponencíe la propia feminidad. No es un trabajo de cuatro días, pero da igual. Cuando Shere Hite aseveraba, y ella de eso del sexo sabía un montón, que no había mujeres anorgásmicas sino hombres inexpertos, sabía por qué lo decía. Si admitimos con sencillez las premisas anteriores, convendremos que si un hombre está atento a la necesidad y sensibilidad de una mujer, y la ayuda a descubrir este mundo biológico y anhelado de los sentidos y la sensibilidad, el resto es como bajar por un torrente de dimensiones niagaráceas a través de un hermoso valle: ni Nuestro Señor no las detiene de follar con gusto y ganas, y además por los descosidos. Pero para llevar a cabo esto debe haber generosidad por parte del macho, por eso se lo sugería a mis amigos quejosos y inhábiles. Generosidad y también, por qué no decirlo, paciencia, dedicación y sensibilidad, y algún que otro conocimiento rudimentario de anatomía genital femenina –tampoco hay que ser un eminente ginecólogo--. Sin embargo, después, los sustanciosos frutos de la recompensa para el macho son los que se imprimen en los incunables de museo: el reclamo ansioso de ellas de su dosis cotidiana de sensaciones y placer. Delenda, entonces, a las súplicas masculinas. Basta al dolor de cabeza, la migraña, el derrame cerebral y, si es necesario, a la Santísima Trinidad, de ellas. No sé si me explico. Sí, ¿no?


¿Y ustedes, qué piensan, señoras?

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