--No, justo al revés --aseguraba yo--, han sido ellas quienes me han buscado más veces de las que yo he podido atender.
--Y como lo haces, tío?
Pues, fácil, siendo generoso en el intercambio sexual. Soy de la opinión de
que el lugar común que señala que los hombres tienen más necesidades sexuales
que las mujeres es rotundamente falso. Salvo casos de excepción de desafuero
sexual, al estilo de los pocos Rocco Siffredi que corren por el mundo y que
dios les conserve por muchos años la inmensurable capacidad y dotación, un
hombre ordinario está limitado amatoriamente de forma lamentable por el maldito
periodo refractario, y la propia y también maldita restricción genital, que es --ay--
finita. Verbigracia: zonas erógenas de ellos, pocas; de ellas, todo el cuerpo.
Capacidad orgásmica de ellos, uno y breve, y patético (lo bueno, si breve, dos
veces bueno de Gracián, aquí no sirve); de ellas, multiorgásmicas y también
pluriorgásmicas, por aquello del debatible tándem clítoris-vagina. Ellos no
tienen ningún órgano dedicado exclusivamente a proporcionar disfrute; ellas, el
prodigioso clítoris. Y no hacemos mención ya, por obvia, a la capacidad
femenina de llevar al extremo la sexualidad, de trascenderla con la facultad de
fecundación, gestación y crianza de la descendencia. En fin, no hay que ser
ningún superdotado para concluir que las mujeres son sexo en sí mismas. Ellas
son sexo y nosotros pasábamos por allí como por un casual, nos encontraron más
o menos por la calle de las quimbambas y nos acogieron con la dulce clemencia
de la entrega. Más de una abuela de esas que han vivido y aprovechado y
saboreado bien la vida estará de acuerdo conmigo si digo con gentileza y
crudeza a la vez que las mujeres son más putas que las gallinas. En una de sus
novelas, García Márquez hacía afirmar a un personaje femenino que amaría
siempre su amante porque la había convertido en una puta. Quería significar en
un lenguaje sin ambigüedades que le había hecho descubrir el universo vasto,
colosal, oceánico de los sentidos. Las mujeres son sexo, simplemente necesitan
un buen amante les desvele, cultive y exponencíe la propia feminidad. No es un
trabajo de cuatro días, pero da igual. Cuando Shere Hite aseveraba, y ella de
eso del sexo sabía un montón, que no había mujeres anorgásmicas sino hombres
inexpertos, sabía por qué lo decía. Si admitimos con sencillez las premisas
anteriores, convendremos que si un hombre está atento a la necesidad y
sensibilidad de una mujer, y la ayuda a descubrir este mundo biológico y
anhelado de los sentidos y la sensibilidad, el resto es como bajar por un torrente
de dimensiones niagaráceas a través de un hermoso valle: ni Nuestro Señor no
las detiene de follar con gusto y ganas, y además por los descosidos. Pero para
llevar a cabo esto debe haber generosidad por parte del macho, por eso se lo
sugería a mis amigos quejosos y inhábiles. Generosidad y también, por qué no
decirlo, paciencia, dedicación y sensibilidad, y algún que otro conocimiento
rudimentario de anatomía genital femenina –tampoco hay que ser un eminente ginecólogo--.
Sin embargo, después, los sustanciosos frutos de la recompensa para el macho
son los que se imprimen en los incunables de museo: el reclamo ansioso de ellas
de su dosis cotidiana de sensaciones y placer. Delenda, entonces, a las
súplicas masculinas. Basta al dolor de cabeza, la migraña, el derrame cerebral
y, si es necesario, a la Santísima Trinidad, de ellas. No sé si me explico. Sí, ¿no?
¿Y ustedes, qué piensan, señoras?

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