La caricia es una sensación de brisa en un atardecer de verano, de pisar una
alfombra de hierba con pies descalzos, de levantar el cuello y cerrar los ojos
bajo el chorro de una ducha vaporosa. Es una sensación de bienestar, de
calidez, de estima. Se percibe en la piel, a la que estremece o relaja, o ambas
cosas juntas o alternadas. Cuando pensamos en caricias pensamos en manos y
epitelio, en un gesto táctil, en un contacto tierno, en el trasvase de calor de
un cuerpo a otro. Siempre vemos el color de la carne, con todos sus matices de
luz: nítida en un paseo por la calle, nebulosa en una mesa arrinconada de
cafetería, dorada en la hipnótica beatitud de la playa, titilante frente a una
chimenea invernal, visiblemente oscura dentro de la intimidad de las sábanas.
Damos gracias al demiurgo por la materia y la posibilidad del roce, del tacto,
de la unión. Damos gracias a la madre naturaleza por la tibieza placentera de
los organismos en comunión. Damos gracias, en fin, a quien corresponda, por la
sacra compañía de otra persona, este linimento para el alma que apacigua miedos
y acicala vistosamente la soledad. Las caricias, sin embargo, no son sólo roce
cutáneo, las yemas de los dedos que pasean con negligencia por una espalda
sinusoidal. Son mucho más, tanto en calidad como en formas. Son la demostración
de la atención y la consideración, de hacer saber a la persona amada que el
afecto profesado es auténtico, que se la tiene presente mentalmente en la vida
cotidiana, en la presencia y en la distancia. Y en referencia a las formas, hay
las caricias orales, desde las más sencillas, un simple hola, hasta el glorioso
cáliz del verbo: te amo. Hay las gestuales, que son infinitas, porque conllevan
toda la inmensa comunicación no sostenida con palabras: una actitud, un signo,
una sonrisa, una cortesía, un detalle, una mirada que transmite de corazón al
otro que éste es el centro absoluto, un centro tan puro que por no tener no
tiene ni periferia. Y finalmente hay las caricias escritas, antes los poemas,
las cartas, las notas imprevistas, y ahora los e-mails, los chats, los likes,
los emoticonos. También los posts, por la parte que me toca. Como este mismo,
sentido, directo, el miramiento agradecido hacia ustedes, estimados lectores.

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