Tengo un amigo, separado como yo, que en una de esas conversaciones sobre el
estado actual de soltería, me dijo que lo único que echaba de menos eran los
besos. ¿A ti no te gustan los besos?, me preguntó. Le dije que claro que me
gustaban pero que hasta ahora no me había planteado que los besos se pudieran extrañar
tanto como la compañía nocturna en la cama, las caricias o el sexo. En
realidad, el sexo lo que menos, porque no deja de ser lo más fácil de
conseguir. Esa misma noche, algo más tarde, en el bar, nos reunimos casualmente
un grupo de conocidos, cuando de repente sonó la canción “Besos”, de El Canto
del Loco, que fue coreada con una voz enfática, casi suplicante, por una de las
mujeres presentes, también sin novio: "Y eso es lo que quiero, besos. / que
todas las mañanas me despierten de esos, / que sea por la tarde y siga habiendo
besos. / Y luego por la noche hoy me den más besos pa cenar ". Mi amigo me
guiñó un ojo y puso aquella expresión facial indicadora de inevitabilidad,
reforzada por un leve encogimiento de hombros: ¿lo ves como todos queremos lo
mismo? De acuerdo, lo concedo, los besos. Pero sobre éstos hay que decir que
los años acarrean un punto de inflexión. Así como de jóvenes, arrebatados por
la furia ebullescente de la sangre, nos moríamos por besar, cuando llegamos a
una cierta edad, pongamos que pasada esa fatídica de los 40, deseamos más que
nos los den que no darlos. Ignoro si esto tiene que ver con la vicisitud de la
soledad y la necesidad de que alguien, a través de los besos, nos haga creer en
el espejismo de ser amados. Porque se trata específicamente de esto: que nos
amen. Ser queridos, por lo que representa de pasividad, de docilidad, supone
menos esfuerzo que amar, acto para el cual hay que tomar parte actora,
implicación, y es evidente que con el paso de los años nos volvemos más cómodos,
más apáticos. Que hagan ellas (o ellos). Quizá también los hombres nos
feminizamos con el tiempo y buscamos más lo que decían ellas de adolescentes,
que era encontrar un hombre moreno, alto, guapo, inteligente, sensible y que me
quiera. Nunca había entendido que en el activo de un hombre ideal se pudiera
incluir el y que me quiera. En todo caso, resultaba un poco al revés, que
apareciera una chica que nos arrebatara el corazón, que nos subyugara, que nos
llamara a adorarla. Lo cierto es que cuando mi amigo echaba de menos los besos,
en realidad estaba solicitando afecto. Afecto y bienestar. Cuando se reciben
besos serenos y cálidos sin que ello comporte la activación del deseo, la
erección instantánea, sólida y urgente, lo que de verdad se anhela es una
delicia sensorial, una felicidad epidérmica, una incursión en el universo escalofriante
de la piel de gallina y el cosquilleo en el estómago. Y también el contraste
entre el acolchado de los labios y la dureza de la dentadura, el rocío vaporoso
del aliento, una ingravidez paradisíaca donde transitar a saltitos en cámara
lenta mientras allí, lejos, coros de serafines sonsacan música de sus liras
celestiales. En noches de soledad, confeccioné una ilusión del deseo de
compañía femenina, que consistía en tener una chica que se enlazara a mi
espalda, en posición fetal, mientras yo le pedía en de la oscuridad mansa de la
habitación que me diera besitos en la nuca, y le preguntaba si al día siguiente
me despertaría con una mamada, y ella me decía, claro, amor, y así, confortado,
me entregaba al sueño con infantil beatitud. Los besos proporcionan sosiego,
satisfacción, gozo, una lejana idea de amor y de estima. Entiendo que mi amigo los
eche de menos y que también los ansíe la chica del bar y que El Canto del Loco
reclame magníficos besos pa cenar. Y para dormir, también, qué demonios.

Muy interesante y ameno.
ResponEliminaBesos hay muchos , familia , amigos etc, pero siempre hay uno que anhelas más y no es sólo el que recibes sino el que deseas dar .
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