dissabte, 19 de març del 2016

¿Quién quiere un beso para cenar?




Tengo un amigo, separado como yo, que en una de esas conversaciones sobre el estado actual de soltería, me dijo que lo único que echaba de menos eran los besos. ¿A ti no te gustan los besos?, me preguntó. Le dije que claro que me gustaban pero que hasta ahora no me había planteado que los besos se pudieran extrañar tanto como la compañía nocturna en la cama, las caricias o el sexo. En realidad, el sexo lo que menos, porque no deja de ser lo más fácil de conseguir. Esa misma noche, algo más tarde, en el bar, nos reunimos casualmente un grupo de conocidos, cuando de repente sonó la canción “Besos”, de El Canto del Loco, que fue coreada con una voz enfática, casi suplicante, por una de las mujeres presentes, también sin novio: "Y eso es lo que quiero, besos. / que todas las mañanas me despierten de esos, / que sea por la tarde y siga habiendo besos. / Y luego por la noche hoy me den más besos pa cenar ". Mi amigo me guiñó un ojo y puso aquella expresión facial indicadora de inevitabilidad, reforzada por un leve encogimiento de hombros: ¿lo ves como todos queremos lo mismo? De acuerdo, lo concedo, los besos. Pero sobre éstos hay que decir que los años acarrean un punto de inflexión. Así como de jóvenes, arrebatados por la furia ebullescente de la sangre, nos moríamos por besar, cuando llegamos a una cierta edad, pongamos que pasada esa fatídica de los 40, deseamos más que nos los den que no darlos. Ignoro si esto tiene que ver con la vicisitud de la soledad y la necesidad de que alguien, a través de los besos, nos haga creer en el espejismo de ser amados. Porque se trata específicamente de esto: que nos amen. Ser queridos, por lo que representa de pasividad, de docilidad, supone menos esfuerzo que amar, acto para el cual hay que tomar parte actora, implicación, y es evidente que con el paso de los años nos volvemos más cómodos, más apáticos. Que hagan ellas (o ellos). Quizá también los hombres nos feminizamos con el tiempo y buscamos más lo que decían ellas de adolescentes, que era encontrar un hombre moreno, alto, guapo, inteligente, sensible y que me quiera. Nunca había entendido que en el activo de un hombre ideal se pudiera incluir el y que me quiera. En todo caso, resultaba un poco al revés, que apareciera una chica que nos arrebatara el corazón, que nos subyugara, que nos llamara a adorarla. Lo cierto es que cuando mi amigo echaba de menos los besos, en realidad estaba solicitando afecto. Afecto y bienestar. Cuando se reciben besos serenos y cálidos sin que ello comporte la activación del deseo, la erección instantánea, sólida y urgente, lo que de verdad se anhela es una delicia sensorial, una felicidad epidérmica, una incursión en el universo escalofriante de la piel de gallina y el cosquilleo en el estómago. Y también el contraste entre el acolchado de los labios y la dureza de la dentadura, el rocío vaporoso del aliento, una ingravidez paradisíaca donde transitar a saltitos en cámara lenta mientras allí, lejos, coros de serafines sonsacan música de sus liras celestiales. En noches de soledad, confeccioné una ilusión del deseo de compañía femenina, que consistía en tener una chica que se enlazara a mi espalda, en posición fetal, mientras yo le pedía en de la oscuridad mansa de la habitación que me diera besitos en la nuca, y le preguntaba si al día siguiente me despertaría con una mamada, y ella me decía, claro, amor, y así, confortado, me entregaba al sueño con infantil beatitud. Los besos proporcionan sosiego, satisfacción, gozo, una lejana idea de amor y de estima. Entiendo que mi amigo los eche de menos y que también los ansíe la chica del bar y que El Canto del Loco reclame magníficos besos pa cenar. Y para dormir, también, qué demonios.

2 comentaris:

  1. Besos hay muchos , familia , amigos etc, pero siempre hay uno que anhelas más y no es sólo el que recibes sino el que deseas dar .

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